¡Qué viaje tan extraño! Y, sin embargo, había empezado tan bien.
La Provence era un gran transatlántico, rápido y cómodo, que iba de El Havre a Nueva York. El capitán era el hombre más amable del mundo, y en primera clase los pasajeros eran ricos y elegantes. Al principio no se conocían, pero muy pronto se habían conocido. Se platicaba en la cubierta, se jugaba a las cartas en el salón, se bailaba por la noche. Estábamos lejos de todo, como en una isla.
Sin embargo, no estábamos completamente solos en medio del océano. Desde hacía unos años, los grandes transatlánticos tenían telégrafo inalámbrico. Gracias a él, se podían recibir mensajes en alta mar, sin ningún cable, como por arte de magia. El primer día, dos amigos me enviaron así un mensaje de despedida.
El segundo día, lejos de cualquier costa, hubo una tormenta por la tarde. Fue entonces cuando el telégrafo recibió un mensaje:
«Arsène Lupin a bordo, primera clase, pelo rubio, herida antebrazo derecho, viaja solo, con el nombre de R...»
En ese preciso instante, estalló un trueno violento, y la transmisión se cortó. El final del mensaje no llegó nunca. Del nombre falso de Arsène Lupin, solo se conocía la primera letra: una R.
El capitán y los empleados del telégrafo debían guardar el secreto. Pero esa misma noche, todo el mundo a bordo conocía la noticia: ¡el famoso Arsène Lupin estaba entre nosotros!
¡Arsène Lupin! Desde hacía meses, los periódicos contaban sus hazañas. Era un ladrón, pero un ladrón distinto de los demás: un caballero. Solo robaba a los ricos, en los castillos y en los salones elegantes. Un día, en casa de un barón muy rico, se había ido con las manos vacías. Solo había dejado su tarjeta de presentación: «Arsène Lupin, caballero ladrón, volverá cuando los muebles sean auténticos». Cambiaba de cara como de camisa: podía ser un anciano, un joven, un médico ruso o un cantante de ópera. El viejo inspector Ganimard, el mejor policía de Francia, había jurado detenerlo con sus propias manos.
¡Y ese hombre estaba allí, en nuestro barco! Quizá era ese señor... o aquel... o mi vecino de mesa...
—¡Y este viaje va a durar cinco días más! —se quejó al día siguiente miss Nelly Underdown—. ¡Es insoportable! Espero que lo detengan pronto.
Se volvió hacia mí.
—Y usted, señor d'Andrézy, ya es amigo del capitán. ¿No sabe nada?
¡Cuánto me habría gustado saber algo, solo para darle gusto! Miss Nelly era la pasajera más hermosa del barco. Tenía unos grandes ojos negros y una sonrisa encantadora. Su madre, que era francesa, la había criado en París, y ahora iba a reunirse con su padre, un norteamericano muy rico de Chicago. Su amiga, lady Jerland, viajaba con ella.
Desde el primer día, yo la cortejaba, y ella no parecía molesta. Se reía de mis bromas y escuchaba mis historias. Solo tenía un rival: un joven guapo, elegante y silencioso, al que ella miraba a veces con interés.
Aquella mañana, él estaba precisamente con nosotros en la cubierta, en un pequeño grupo.
—No sé nada concreto, señorita —respondí—. Pero ¿por qué no hacemos nuestra propia investigación, como el viejo Ganimard?
—¡Está usted muy seguro de sí mismo!
—El problema no es tan difícil. Sabemos tres cosas. Primero, Lupin viaja con un nombre que empieza con R. Segundo, viaja solo. Tercero, es rubio.
—¿Y entonces?
—Entonces, basta con leer la lista de pasajeros.
Yo tenía esa lista en el bolsillo. La saqué y la leí.
—En primera clase hay trece pasajeros cuyo nombre empieza con R. Nueve de ellos viajan con su esposa, con sus hijos o con un criado. Quedan cuatro que viajan solos. Primero, el marqués de Raverdan...
—Trabaja en una embajada —dijo miss Nelly—. Lo conozco.
—El mayor Rawson...
—Es mi tío —dijo alguien.
—El señor Rivolta...
—¡Soy yo! —exclamó un italiano que tenía una magnífica barba negra.
Miss Nelly se echó a reír.
—¡Este señor no es precisamente rubio!
—Entonces —continué—, solo queda el último de la lista: el señor Rozaine. ¿Alguien conoce al señor Rozaine?
Nadie respondió. Pero miss Nelly se volvió hacia el joven silencioso.
—¿Y usted, señor Rozaine? ¿No dice nada?
Todos lo miraron. Era rubio.
Hubo un silencio incómodo. Rozaine sonrió de un modo extraño.
—¿Por qué no digo nada? Porque ya hice el mismo cálculo. Tengo un nombre con R, viajo solo y soy rubio. Así que creo que deberían detenerme.
Bromeaba, claro. Sin embargo, tenía los labios muy pálidos. Miss Nelly le preguntó, con mucha inocencia:
—Pero usted no tiene ninguna herida, ¿verdad?
—Es verdad, falta la herida.
Con un gesto nervioso, se subió la manga y enseñó el brazo. Mis ojos se encontraron con los de miss Nelly: había enseñado el brazo izquierdo. ¡Y el mensaje hablaba del brazo derecho!
Iba a decirlo cuando lady Jerland, la amiga de miss Nelly, llegó corriendo. Estaba muy alterada.
—¡Mis joyas, mis perlas! ¡Se llevaron todo!
En realidad, no se lo habían llevado todo, y eso era mucho más extraño: habían elegido. Durante la hora del té, a plena luz del día, alguien había forzado la puerta de su camarote. Había encontrado una bolsita escondida en el fondo de una sombrerera. Después había sacado las piedras más bonitas y más pequeñas: las perlas, los diamantes, los rubíes. Había dejado sobre la mesa las monturas, es decir, los soportes de oro y de plata, como flores sin pétalos.
Todo el mundo tuvo la misma idea: era Arsène Lupin. Era muy de su estilo, elegante e inteligente. ¡Unas piedras pequeñas sin sus monturas son tan fáciles de esconder!
En la cena, nadie quería sentarse al lado de Rozaine. Luego, por la noche, supimos que el capitán lo había mandado llamar. Todo el mundo se sintió aliviado: creían que Arsène Lupin estaba detenido.
Aquella noche, bailamos hasta medianoche. Miss Nelly estaba muy alegre y ya no pensaba para nada en Rozaine. Bajo la luna, en la cubierta, le dije todo lo que sentía por ella, y no pareció enojada.
Pero a la mañana siguiente, una noticia sorprendió a todo el mundo: Rozaine estaba libre.
Rozaine era hijo de un rico comerciante de Burdeos, y sus papeles estaban en regla. Ninguno de sus brazos tenía la menor señal de herida. Y a la hora del robo, se paseaba por la cubierta: varios pasajeros lo habían visto.
—¡Papeles! —decían sus enemigos—. ¡Arsène Lupin puede fabricar todos los que quiera! ¡Y no necesita estar presente para robar!
Además, una pregunta seguía sin respuesta: aparte de Rozaine, ¿qué pasajero tenía un nombre con R, viajaba solo y era rubio? Antes de la comida, cuando Rozaine se acercó a nuestro grupo, miss Nelly y lady Jerland se levantaron y se fueron. Tenían miedo.
Una hora más tarde, Rozaine hizo circular un anuncio por todo el barco. Prometía diez mil francos a la persona que desenmascarara a Arsène Lupin o que encontrara las joyas.
—Y si nadie me ayuda —le dijo al capitán—, ¡yo mismo me encargaré de ese bandido!
¡Rozaine contra Arsène Lupin! Pero algunos pasajeros se reían: «¿Y si Rozaine es Lupin? ¡Entonces es Arsène Lupin contra Arsène Lupin!». La partida prometía ser apasionante.